La mirada del consuelo...

Francmi08
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Dicen que UNA IMAGEN VALE MÁS QUE MIL PALABRAS, y es así como queremos relatar los hechos acaecidos ayer en el Acuartelamiento del Canarias 50. Todo comenzó con la llegada del Principe Felipe.....

El Príncipe consoló ayer a las familias del sargento Manuel Argudín y la soldado Niyireth Pineda con una humanidad que trascendió la marcialidad del funeral. El hijo de Pineda y la viuda de Argudín centraron su atención.
La mirada del pelao, que así llaman a veces a los niños en Colombia, está anclada en uno de los dos féretros, como uno más de los clavos que sujetan la estructura de madera. 
Dentro yace su madre, la soldado Niyireth Pineda Marín, y con ella una historia sinuosa y plagada de valles. Comenzó el relato en la Cordillera Central, en Pereira, donde nació, el eje cafetero colombiano, prosiguió en la escarpada Tolima y finalizó el pasado domingo al pie de las montañas de Afganistán cuando al menos treinta kilos de explosivo se burlaron del monocasco de acero diseñado para disipar la onda expansiva de las minas. Sucedió en Badghis, en la frontera con Irán, donde cuentan que vivió el primer poeta persa, Hanzala Badghisi, y cerca de donde otro ilustre bardo local, Rachán Kayil, escribió que "el amor es la irradiación más bella de Alá sobre la tierra". Da la sensación de que actualmente hay más talibanes sembrando la muerte que poetas.
La vista de Leandro, huérfano casi en el mismo instante en el que la carga explosiva lanzó por los aires el blindado LMV Lince, permanece agarrada al cajón, igual que se aferran las nubes a los viejos volcanes de La Isleta, base del regimiento Canarias 50. Leandro parece haber heredado la entereza de Niyireth y su fortaleza física se antoja superior a la que se espera de un muchacho de doce años. A su lado está Neila, su tía y hermana de su madre, militar profesional en este mismo acuartelamiento y precisamente la persona a la que Niyireth encomendó el cuidado del pequeño antes de marchar Afganistán. Ahora el Príncipe de España se dirige hacia ellos, el resto de familiares y los del otro fallecido en el atentado, el sargento asturiano Manuel Argudín


Un mundo reducido
Leandro sigue en otro lugar mientras Don Felipe avanza hacia el lugar donde el Ministerio de Defensa ha ubicado a las familias para el funeral militar. En este momento su mundo no va más allá de los límites del ataúd. El Príncipe consuela en primer lugar a la viuda del sargento, el hombre que fue en su día un niño introvertido y que no daba problemas. Pero las bombas ni tienen memoria ni quieren saber nada de nadie. Sólo estallan, revientan vidas y su eco sigue sonando en funerales dos o tres días más tarde.
 La elevada figura de Su Alteza Real continúa moviéndose ante la hilera de conmovidos familiares. Cuando se posiciona ante la soldado Neila, la militar que lleva dentro se cuadra y dibuja un saludo militar. Luego se derrumba el ser humano. Mientras esto sucede, mientras a su lado se abre la tierra a los pies de su tía, Leandro mantiene tensa la cuerda entre él y la madre fallecida. Hasta que el uniforme ceremonial del que es Teniente Coronel del Cuerpo General de las Armas del Ejército de Tierra, entre otros cargos dentro de las Fuerzas Armadas, se sitúa ante él. Los ojos del Príncipe de Asturias se encuentran con los del niño que ha jugado al fútbol en el Puerto Cabras de Fuerteventura y cuya madre nacida en Colombia murió en Afganistán con el uniforme del Regimiento Soria 9 de Fuerteventura, el más antiguo de Europa quinientos dos años más tarde. La escena dura apenas unos segundos, pero resultan intensos como siglos. Toma la cara de Leandro entre sus manos y le habla con un mimo absoluto que trasciende el firmamento de galones e insignias de la pechera
Escuadrón de Gastadores
Este universo íntimo se despliega al mismo tiempo y en el mismo lugar donde se desarrolla la imponente escenografía castrense y por donde se escapan y fluyen lágrimas furtivas, solitarias o en cascada, como las de la ministra de Defensa, Carme Chacón, o las de la Delegada del Gobierno en Canarias, Dominica Fernández. Todo, cada detalle, cada gesto, se eleva por encima del engranaje. Tras las familias se ha cuadrado un pelotón de soldados rasos, uniformados, igualados, pero cada uno recibe con un brillo distinto en la mirada o con un leve tic la salva de honor, la marcha fúnebre, el verso del soneto a los caídos que dice que la muerte no es el final. También se puede contar a siete integrantes del Escuadrón de Gastadores, treinta y siete de la Banda Militar de la Base Aérea de Gando y noventa y cuatro del Batallón de Infantería. Hay incluso una pareja de agentes de la Policía Autonómica. Pero la única cuenta que importa es la de los dos militares asesinados por la insurgencia afgana. 


Los 147 pasos finales
La última nota del Himno Nacional queda colgada en el aire cuando dieciséis soldados llegados de Fuerteventura, compañeros de las víctimas mortales, se dividen en grupos de ocho para devolver los féretros a los coches fúnebres. Tras ellos avanzan también las familias. Neila, llorosa. Leandro, con la visión incrustada otra vez en uno de los dos cajones. 
Los portadores marcan a la perfección el paso marcial 
un total de 147 veces antes de detenerse ante los vehículos. 
En lo alto de una de las tres lomas que se divisan desde la plataforma se puede ver una   garita abandonada. 


Defensa pretendía que los que han sufrido la pérdida no se sintieran así

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