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Lo que debía ser la fiesta grande de las Fuerzas Armadas acabó convirtiéndose en una bronca antológica, con miles de personas gritando y silbando en la calle ante la ausencia de desfile militar. La mañana comenzó bien, con el sol golpeando fuerte a los malagueños y 50.000 personas entregadas desde primera hora a su particular homenaje a los ejércitos. Banderas de España en cada mano, gorras, pinturas rojas y amarillas y una ilusión sin límites tras las vallas dispuestas como para un desfile. Con la compañía de honores haciendo su entrada en el acto se oyeron los primeros vítores, pero no fue hasta la llegada de Sus Majestades los Reyes y de Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias cuando el público mostró su máximo entusiasmo. Antes había llegado la ministra de Defensa, Carme Chacón, pero el público no la vio porque en lugar de bajarse del coche en la plaza lo hizo por detrás de la tribuna de autoridades, oculta a los ciudadanos. Allí recibió novedades del jefe de Estado Mayor de la Defensa, José Julio Rodríguez, y allí permaneció hasta que le anunciaron la llegada de la comitiva real. Entonces salió a la plaza, acompañada por el Jemad, por el presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, y el alcalde de Málaga, Francisco de la Torre. Ahora sí hubo pitada, y no era ni para el Jemad ni para el alcalde, por quien los malagueños ya habían demostrado su cariño la tarde anterior. Don Juan Carlos, vestido con el uniforme del Ejército de Tierra, y Doña Sofía, de traje color turquesa, salvaron a la comitiva de que la pitada fuera a mayores. Incluso se convirtieron en ovación cerrada cuando el Príncipe, con uniforme de la Armada, y la Princesa, de rojo, se volvieron para saludar al público más cercano. El acto transcurrió con normalidad. Un paracaidista bajó la bandera de España desde el cielo, se desarrolló el homenaje a la enseña nacional y acto seguido se hizo lo propio con los caídos, con la presencia de 17 familiares de los muertos en acto de servicio en el último año, muy aplaudidos, a los que los Reyes y los Príncipes se acercaron a saludar.
Acabado lo tradicional, todas las autoridades se marcharon hacia el vino español que ofrecía el Ayuntamiento de Málaga tras charlar un rato sobre el partido de la Liga de Campeones que el Rey y Chacón vieron juntos. Pero los ciudadanos, que sólo habían visto pasar a la compañía de honores y a los Reyes y Príncipes saludando desde el coche, se quedaron esperando para ver un desfile que nunca llegó. Al ver pasar los autobuses de la prensa y de personal de Defensa, creyendo que se trataba de autoridades, los malagueños comenzaron a silbar y a gritar. Un grupo de ciudadanos decidieron emprenderla con las vallas tirándolas contra la calzada para cortar el paso de los autobuses, mientras varios centenares se situaban en el centro del paseo del Parque para cortarlo. Los autobuses tuvieron que ser escoltados por la Policía mientras los ciudadanos, cada vez más encendidos, pedían la dimisión de Zapatero y clamaban al grito de «¡sinvergüenzas!» y de «¡fuera, fuera!». Los agentes incluso tuvieron que hacer alguna pequeña carga para abrir paso.
«No hay derecho» –se lamentaba una mujer–, «llevo aquí desde las siete de la mañana con mis hijos, soportando el sol, a 32 grados, para ver el desfile y resulta que no hay desfile». Otros se quejaban amargamente de que no había habido información de ninguna clase mientras a su alrededor se escuchaban expresiones como «vaya mierda que han montado» o «tanta parafernalia para esto». Indignados y decepcionados, en cada rincón de Málaga se oía ayer hablar de la «porquería que han organizado». Incluso unas cincuenta personas venidas en autobús desde un pueblo de Granada protestaban casi entre lágrimas. Volcados como estaban en la celebración, esperaban más, y eso era el desfile que en realidad nunca estuvo previsto. La falta de información y publicidad, dado que este año no se ha hecho presentación pública en la ciudad por la campaña electoral y a que Defensa descartó que la hiciera el Jemad, y la disposición de las vallas hicieron pensar a muchos que sí lo habría, máxime cuando la mayoría estaban demasiado lejos de la plaza para ver lo que allí ocurría. Sólo se salvó de la quema un autobús de legionarios que fue vitoreado a su paso entre el público molesto. Pero los generales, dolidos, ya han tomado nota para corregir en el acto del año que viene y o bien retomar la vieja costumbre del desfile o buscar una ubicación desde la que la gran mayoría pueda ver los actos. El ánimo entre los altos mandos estaba bajo tras la pitada, sobre todo porque la ciudad, Málaga, es de las que más vinculación tiene con las Fuerzas Armadas y donde se las vive con verdadera pasión.
Volcados con los Reyes y los Príncipes
Si a alguien salvaron ayer los malagueños de las críticas fue a los Reyes y los Príncipes. Su figura cortó en seco la pitada que estaban recibiendo los políticos y fue ovacionada permanentemente tanto al llegar como cuando se marcharon. Entre comentario y comentario del «desastre» de que no hubiera desfile, se colaban loas a los Reyes, que iban saludando desde el coche.

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